Archivos Mensuales: mayo 2013

EL CAMBIO

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“…no hay nada más difícil de emprender, más peligroso de llevar a cabo y con menos garantías de éxito, que tomar la iniciativa en la introducción de un nuevo orden de cosas, porque la innovación tiene como enemigos a todos aquéllos que se beneficiaron de las condiciones antiguas. La gente teme y desconfía de la persona que promueve el cambio y no cree en nuevas ideas hasta que no tiene una larga experiencia con ellas” (Maquiavelo).

El lector sabrá perdonarme haber iniciado la columna con una larga cita del pensador florentino, pero expone con gran claridad las dificultades que entraña todo proceso de cambio. Al igual que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones, el inmovilismo está repleto de supuestas voluntades de cambio. Y es que el cambio, entendido como la mutación del modo en el que hacemos las cosas, tiene poderosos enemigos. Maquiavelo apunta como resistencia principal a aquéllos que sufrirán las consecuencias del mismo, pero hay más. En algunas ocasiones, el foco de resistencia no está en el otro, sino en uno mismo. A veces, la voluntad de cambio no es más que un disfraz para ocultar el ánimo de permanencia o inmovilismo. Sí, a veces, el cambio que predicamos no es más que la aplicación práctica de la cita más famosa de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “A veces, es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. A pesar de que los consejos de Maquiavelo se referían a la actividad política y los de Lampedusa a una clase privilegiada siciliana; lo cierto es que, en el sentido más general y sacándolas del contexto en el que fueron escritas, ambas citas son también aplicables al mundo de la empresa familiar. ¿Quién no conoce una empresa en la que la voluntad de cambio impulsada por la propiedad o la dirección (o ambas) no se haya estrellado con la reticencia y obstruccionismo de quienes interpretaban dicha voluntad de movimiento como una amenaza directa hacia sus intereses? Y, a su vez, ¿quién no ha sido testigo de un proceso de cambio anunciado a bombo y platillo que, en realidad, no era más que una ficción o una hábil estrategia de quien lo impulsaba para simular un movimiento que el propio inductor no deseaba en absoluto? Vistas así las cosas, coincidiremos en que los riesgos que amenazan los procesos de cambio son realmente poderosos. De hecho, conviene situarlos en orden cronológico para visualizarlos mejor. La primera amenaza es el grado de sinceridad de quien decide impulsarlo y la segunda, el nivel de obstruccionismo de todos aquellos a los que el cambio afectará. No hay fórmulas mágicas para garantizar el éxito de un proceso de cambio en la empresa familiar, aunque sí algunos pasos que conviene no olvidar para minimizar el riesgo (en este sentido es recomendable la lectura What Leaders really do de J. Kotter). Pero, al margen de estas recomendaciones, se me ocurre que lo que realmente puede ayudarnos a introducir cambios en una empresa son la sinceridad en el planteamiento, la plena convicción en aquello que es realmente necesario hacer y la determinación en el proceso de implantación para conseguirlo. Dicho de otra forma, el inductor deja de ser una amenaza cuando su actitud es realmente sincera y su voluntad de cambio no obedece a modismos, ni tiene como único objetivo ser un mero formalismo superficial que no dañe las verdaderas rutinas de la compañía. A la sinceridad, hay que sumar la convicción, para trasladar a las personas la necesidad del cambio y la imposibilidad de su aplazamiento, al mismo tiempo que salvamos parte de sus reticencias al movimiento. Por último, la determinación será útil para vencer aquellas actitudes que, inevitablemente, seguirán mostrándose hostiles toda vez que el proceso de cambio se haya iniciado. Y no nos engañemos. Aún así, el cambio seguirá siendo difícil -ya lo avisaban Maquiavelo y Lampedusa-, pero será a todas luces más real y visible.

 

Autor: Josep Tàpies Titular de la Cátedra de Empresa Familiar del IESE Universidad de Navarra

Fecha: 2 de junio de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

 

Fuente: http://www.unav.es/noticias/opinion/op020608.html

EL CUENTO DE LA LECHERA EMPRENDEDORA

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female-entrepreneur

Uno de los motivos por los que la mayoría de los mortales jamás abandonan la condición de dóciles asalariados es porque se han creído a pies juntillas el cuento de la lechera, con el que Esopo y sus secuaces se empeñaron en convencernos de que soñar y tener aspiraciones no conduce a ninguna parte. Así, desde la más tierna infancia, desistimos de planificar nuestro futuro personal, profesional y financiero.

La fábula nos pinta a la lechera como una despistada que, mientras elaboraba mentalmente su plan de empresa, rompió descuidadamente el cántaro y se quedó sin la materia prima. No incluyo enlaces a tan deprimente historia porque ya la hemos oído demasiadas veces y, si alguien no la conoce, siempre puede encontrarla en Google. Por suerte, en esta época en que está de moda actualizar los clásicos infantiles, algunas mentes bien informadas se han ocupado de elaborar nuevas versiones, bastante más constructivas, en las que la lechera, como cualquier otro emprendedor decidido, aprende que hay que poner más atención y sigue adelante con sus proyectos para alcanzar la independencia financiera.

Si bien es cierto que la lechera pudo cometer algunos errores, esperables dada su inexperiencia, ¿por qué la antipática fábula original termina con ella lamentándose desconsolada ante su cántaro roto?

De acuerdo, aceptemos que en un primer momento tuvo que sentarle fatal ver la leche derramada por el sendero. Démosle cinco minutos para patalear y dejarse llevar por la auto-compasión. Pasado ese tiempo, respira hondo y se dice a sí misma: “Bien, parece que mis planes se van a demorar un día. Desde luego, esto no me vuelve a ocurrir”.

Al día siguiente, nuestra heroína había sustituido el cántaro roto por un contenedor cerrado e irrompible que, además, conservaba todas las propiedades nutricionales de la leche. Es cierto que tuvo que realizar un pequeño desembolso para adquirirlo, pero comprobó que su inversión había valido la pena en cuanto se corrió la voz de que su leche era la única que no tenía insectos flotando (inevitables cuando recorres el sendero con un cántaro abierto en la cabeza). Además, su moderno recipiente la diferenciaba con claridad del resto de las lecheras del mercado, que continuaban con sus pintorescos, pero anticuados, cántaros de loza.
Y así fue cómo la imaginativa lechera puso la primera piedra de su emporio, aunque decidió abandonar el sector lácteo porque consideró que había poco margen en comerciar con materias primas. Para cuando sus competidoras se decidieron a sustituir los cántaros por contenedores como el suyo, ella ya había puesto en marcha una fábrica de recipientes completamente indestructibles, con diseños personalizables a gusto del cliente y mecanismo regulador de la temperatura.

Quienes la visitaban en su magnífico despacho con vistas al mar podían ver, amorosamente expuestos en una urna, los restos del cántaro roto, con los que la próspera ex-lechera se recordaba a sí misma que cualquier tropiezo podía transformarse en una oportunidad.

Fuente:  http://www.addkeen.net/newsletter/n004/lechera