EL CAMBIO

Estándar

“…no hay nada más difícil de emprender, más peligroso de llevar a cabo y con menos garantías de éxito, que tomar la iniciativa en la introducción de un nuevo orden de cosas, porque la innovación tiene como enemigos a todos aquéllos que se beneficiaron de las condiciones antiguas. La gente teme y desconfía de la persona que promueve el cambio y no cree en nuevas ideas hasta que no tiene una larga experiencia con ellas” (Maquiavelo).

El lector sabrá perdonarme haber iniciado la columna con una larga cita del pensador florentino, pero expone con gran claridad las dificultades que entraña todo proceso de cambio. Al igual que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones, el inmovilismo está repleto de supuestas voluntades de cambio. Y es que el cambio, entendido como la mutación del modo en el que hacemos las cosas, tiene poderosos enemigos. Maquiavelo apunta como resistencia principal a aquéllos que sufrirán las consecuencias del mismo, pero hay más. En algunas ocasiones, el foco de resistencia no está en el otro, sino en uno mismo. A veces, la voluntad de cambio no es más que un disfraz para ocultar el ánimo de permanencia o inmovilismo. Sí, a veces, el cambio que predicamos no es más que la aplicación práctica de la cita más famosa de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “A veces, es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. A pesar de que los consejos de Maquiavelo se referían a la actividad política y los de Lampedusa a una clase privilegiada siciliana; lo cierto es que, en el sentido más general y sacándolas del contexto en el que fueron escritas, ambas citas son también aplicables al mundo de la empresa familiar. ¿Quién no conoce una empresa en la que la voluntad de cambio impulsada por la propiedad o la dirección (o ambas) no se haya estrellado con la reticencia y obstruccionismo de quienes interpretaban dicha voluntad de movimiento como una amenaza directa hacia sus intereses? Y, a su vez, ¿quién no ha sido testigo de un proceso de cambio anunciado a bombo y platillo que, en realidad, no era más que una ficción o una hábil estrategia de quien lo impulsaba para simular un movimiento que el propio inductor no deseaba en absoluto? Vistas así las cosas, coincidiremos en que los riesgos que amenazan los procesos de cambio son realmente poderosos. De hecho, conviene situarlos en orden cronológico para visualizarlos mejor. La primera amenaza es el grado de sinceridad de quien decide impulsarlo y la segunda, el nivel de obstruccionismo de todos aquellos a los que el cambio afectará. No hay fórmulas mágicas para garantizar el éxito de un proceso de cambio en la empresa familiar, aunque sí algunos pasos que conviene no olvidar para minimizar el riesgo (en este sentido es recomendable la lectura What Leaders really do de J. Kotter). Pero, al margen de estas recomendaciones, se me ocurre que lo que realmente puede ayudarnos a introducir cambios en una empresa son la sinceridad en el planteamiento, la plena convicción en aquello que es realmente necesario hacer y la determinación en el proceso de implantación para conseguirlo. Dicho de otra forma, el inductor deja de ser una amenaza cuando su actitud es realmente sincera y su voluntad de cambio no obedece a modismos, ni tiene como único objetivo ser un mero formalismo superficial que no dañe las verdaderas rutinas de la compañía. A la sinceridad, hay que sumar la convicción, para trasladar a las personas la necesidad del cambio y la imposibilidad de su aplazamiento, al mismo tiempo que salvamos parte de sus reticencias al movimiento. Por último, la determinación será útil para vencer aquellas actitudes que, inevitablemente, seguirán mostrándose hostiles toda vez que el proceso de cambio se haya iniciado. Y no nos engañemos. Aún así, el cambio seguirá siendo difícil -ya lo avisaban Maquiavelo y Lampedusa-, pero será a todas luces más real y visible.

 

Autor: Josep Tàpies Titular de la Cátedra de Empresa Familiar del IESE Universidad de Navarra

Fecha: 2 de junio de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

 

Fuente: http://www.unav.es/noticias/opinion/op020608.html

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